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El Visitante de Puerto Rico

JUBILEO DE ESPERANZA

El Papa Francisco le inyecta al jubileo del 2025 un esfuerzo de esperanza. Vamos a gritarle al mundo: Hay futuro, hay luz al final del camino, la victoria es la palaba de los creyentes en Jesús.

JUBILEO DE ESPERANZA
P. Jorge Ambert S.J.Por P. Jorge Ambert S.J.7 de febrero de 2025 · 3 min de lectura

El Papa Francisco le inyecta al jubileo del 2025 un esfuerzo de esperanza. Vamos a gritarle al mundo: Hay futuro, hay luz al final del camino, la victoria es la palaba de los creyentes en Jesús. La historia siempre repite situaciones dolorosas de guerras, de desastres telúricos y morales… Tampoco la nuestra se ha vuelto exenta de muchos azares. El Papa los siente como muy propios, como revela cuando le llega la noticia de algún fuego que mata cientos, terremotos que destruyen ciudades, guerras absurdas que se sostienen con el malvado fin de aumentar y vender la producción de armas. El jubileo, que brotó con el deseo de renovar, lograr un cambio en el panorama de la vida: antiguamente se perdonaban las deudas, se liberaban los cautivos, se invocaba el perdón del pecado, ahora se renueva y conlleva ahora la absolución de la pena, redimida por la oración de la Iglesia al que cumpla las condiciones para ello.

Este mundo necesita esperanza. Consiste esta en afirmar (con fe profunda, sin duda) que la palabra final es gloria. Y esto porque el amor de Dios que se ha revelado en la muerte redentora de Jesús de forma espectacular, nos promete tal esperanza. El refrán popular clama “de esperanza vive el pobre”. Nosotros lo somos. En el tiempo litúrgicos de Advierto esta era la palara clave. Pero ahora, en esta nueva celebración de nuestra fe, el Papa la proclama como objetivo: que se refuerce nuestra esperanza. San Pedro en su carta ya lo suplicaba: “den razón de su esperanza” ante un mundo que como animal atrapado solo desea escaparse de la trampa y seguir respirando.

Las tres virtudes teologales están en continua relación, como la que existe dentro de la Trinidad Divina. Encuentro y respondo al amor profundo que Dios me ofreció; por eso acepto las verdades que su boca pronuncia, y los premios que promete. Y la llamada es a repetir con fe estruendosa que hay victoria. “Vivo en la fe del hijo de Dios que me amó y se entregó a la muerte por mi.” Lo proclamaban los negros del sur americano en sus marchas exigiendo derechos civiles iguales a los demás. La respuesta oficial era meterlos en cárcel, ajotar perros conta ellos, arroparlos con manguerazos de agua. Pero el canto vibraba: ¡Nosotros venceremos! Y su esperanza no fue fallida.

Ejemplos maravillosos de lo que es esta virtud lo ofrecen varios personajes bíblicos. Abraham sobresale cuando acepta la promesa de Dios de que será padre de un pueblo tan numeroso como las estrellas, ¡cuando su matrimonio era estéril y ambos viejos! La proclama el paciente Job sentado en el muladar, con llagas purulentas, despojado de bienes y de familia: “!Se que mi Redentor vive y con estos mis ojos veré la salvación de Dios!” Apoyado en el amor divino, y en la palabra de vida que el había proclamado, esperaba la realización gozosa, que a su tiempo le llegó con creces.

Gran ejemplo de esperanza le es para mi la figura del escritor y poeta Charles Peguy. Tuvo una juventud turbulenta en los movimientos sociales de Francia, apoyando el Socialismo de entonces, hostil a la fe y a la Iglesia, por considerarla asociada a los explotadores. Pero Dios le visitó y se convirtió en fervoroso discípulo de Jesús. Pero ardía con una situación dolorosa que no sabía cómo resolver: vivía en un matrimonio sin sentido, y se había enredado en una relación de amor adúltero, que no sabía resolver. En muchos de sus poemas sobresale el elogio a la esperanza. Era lo que le quedaba a su angustia existencial: esa virtud que le unía la Creador le suavizaba el dolor que no podía superar. Participaba en la Eucaristía desde el último banco de la Iglesia, mirando con nostalgia a los que podían comulgar. Murió en una de las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

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