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El Visitante de Puerto Rico

Cuando la muerte también revela nuestra crisis social

Cada 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a recordar y orar por nuestros fieles difuntos. Es una jornada de esperanza, de memoria agradecida y de afirmación de nuestra fe en la resurrección.

Cuando la muerte también revela nuestra crisis social
Luis Enrique RamosPor Luis Enrique Ramos2 de noviembre de 2026 · 4 min de lectura

Cada 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a recordar y orar por nuestros fieles difuntos. Es una jornada de esperanza, de memoria agradecida y de afirmación de nuestra fe en la resurrección. Sin embargo, en el Puerto Rico de hoy, esta conmemoración también debe llevarnos a reflexionar sobre una realidad social que, silenciosamente, está transformando nuestra manera de acompañar la enfermedad, enfrentar la muerte y despedir a nuestros seres queridos.

Puerto Rico envejece y su población disminuye. Según el Negociado del Censo de Estados Unidos, entre julio de 2024 y junio de 2025 se registraron 32,857 defunciones frente a 17,950 nacimientos. Nuestra isla vive una crisis demográfica marcada por un crecimiento vegetativo negativo, una reducción de su población joven y el progresivo envejecimiento de sus habitantes.

A esta realidad se suma la emigración de generaciones de puertorriqueños que han buscado oportunidades en Estados Unidos. Detrás de muchas de esas partidas quedan padres y abuelos que envejecen lejos de sus hijos, hogares donde la compañía se ha convertido en una llamada telefónica y familias que deben enfrentar la muerte separadas por miles de kilómetros.

No podemos ignorar tampoco las dificultades económicas, el costo de los servicios funerarios y las insuficiencias de nuestra planificación social para responder a una población cada vez más envejecida. Cuando fallece un ser querido, algunas familias deben tomar decisiones apresuradas, condicionadas por sus recursos económicos, las distancias y la ausencia de redes de apoyo.

En medio de estas circunstancias, corremos el riesgo de convertir la despedida de nuestros difuntos en un mero trámite administrativo o económico, olvidando su profundo significado humano y espiritual.

La muerte no puede convertirse en una gestión desprovista de humanidad.

La Iglesia, consciente de estas realidades, nos ofrece una orientación particularmente valiosa mediante la instrucción Ad resurgendum cum Christo, publicada en 2016 por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Este documento recuerda que la sepultura de los cuerpos constituye la forma más adecuada de expresar nuestra fe en la resurrección. El cuerpo humano no es un objeto desechable. Por el Bautismo se ha convertido en templo del Espíritu Santo y ha sido instrumento de amor, sacrificio, trabajo y servicio durante toda una vida.

Sepultar a nuestros muertos es, además, una obra de misericordia corporal. Es reconocer que la dignidad de la persona no desaparece con su último aliento.

La Iglesia permite la cremación cuando responde a razones legítimas y no supone una negación de la fe cristiana. Sin embargo, establece que las cenizas deben conservarse, por regla general, en un lugar sagrado, como un cementerio o columbario debidamente autorizado.

No corresponde dispersarlas en el mar, esparcirlas en la naturaleza o convertirlas en objetos conmemorativos. Tampoco deben conservarse ordinariamente en los hogares, salvo las excepciones autorizadas por la autoridad eclesiástica competente.

Estas disposiciones no buscan imponer cargas adicionales a familias que sufren. Por el contrario, procuran preservar la dignidad de nuestros difuntos, mantener viva su memoria y garantizar que continúen siendo acompañados por la oración de la comunidad cristiana.

Ante nuestra crisis demográfica y económica, debemos preguntarnos: ¿estamos preparando a Puerto Rico para acompañar dignamente a sus mayores hasta el final de sus vidas? ¿Existen suficientes alternativas accesibles para que ninguna familia tenga que escoger entre sus necesidades económicas y una despedida respetuosa? ¿Qué responsabilidad corresponde al Estado, a nuestras comunidades y a la propia Iglesia?

Necesitamos una reflexión colectiva que promueva la planificación familiar, fortalezca el acompañamiento pastoral y facilite alternativas funerarias dignas y económicamente accesibles.

Pero, sobre todo, necesitamos recuperar una convicción fundamental: nuestros difuntos no son una carga que debemos resolver rápidamente, sino personas cuya historia merece gratitud, respeto y oración.

Por último, existe otra realidad que merece nuestra atención: el progresivo abandono de la oración por nuestros fieles difuntos. ¿De qué sirve invertir grandes sumas de dinero en un funeral majestuoso si después olvidamos ofrecer una Misa por el eterno descanso de quien ha partido? ¿Dónde han quedado nuestros tradicionales novenarios, aquellas nueve jornadas de oración en las que familiares, vecinos y amigos se reunían para encomendar el alma del difunto a la misericordia de Dios? No se trata de cuestionar el amor expresado mediante una despedida solemne, sino de recordar que el mayor regalo que podemos ofrecer a nuestros difuntos no tiene precio: nuestra oración, especialmente el sacrificio eucarístico ofrecido en sufragio por ellos. 

En el Día de los Fieles Difuntos, recordemos que una sociedad también se define por la manera en que cuida a sus ancianos, acompaña a quienes sufren y honra a quienes han partido.

Que la urgencia económica, la distancia geográfica o la comodidad nunca nos hagan olvidar que, incluso ante la muerte, estamos llamados a vivir nuestra humanidad iluminados por la fe.

Porque sepultar a nuestros muertos no es solamente despedir el pasado; es proclamar nuestra esperanza en la vida eterna.

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