Edición 44 (2026): La dignidad que debemos cuidar hasta el final
Noviembre comienza colocándonos frente a dos realidades que muchas veces preferimos evitar: la santidad y la muerte. El primero de noviembre contemplamos a quienes alcanzaron la meta; al día siguiente recordamos y oramos por quienes han…

Noviembre comienza colocándonos frente a dos realidades que muchas veces preferimos evitar: la santidad y la muerte. El primero de noviembre contemplamos a quienes alcanzaron la meta; al día siguiente recordamos y oramos por quienes han partido antes que nosotros. Ambas celebraciones nos obligan a mirar la vida desde una perspectiva distinta: somos peregrinos y la dignidad de cada persona merece ser custodiada desde el comienzo hasta el final de su existencia.
La portada de esta edición 44 de El Visitante de Puerto Rico parte precisamente de esa realidad. Puerto Rico envejece mientras su población disminuye. Entre julio de 2024 y junio de 2025 se registraron 32,857 defunciones frente a 17,950 nacimientos. Detrás de esas cifras existe una transformación silenciosa de nuestra sociedad: familias separadas por la emigración, adultos mayores que envejecen lejos de sus hijos, dificultades económicas para afrontar los últimos años de vida y decisiones funerarias que muchas veces deben tomarse con prisa y bajo una enorme presión emocional.
La muerte, sin embargo, no puede convertirse únicamente en un trámite administrativo. Para la fe cristiana, el cuerpo humano conserva su dignidad incluso después del último aliento. Por eso sepultar a nuestros muertos continúa siendo una obra de misericordia y la Iglesia insiste en que su memoria sea acompañada por la oración, la Eucaristía y el respeto. Incluso cuando se opta legítimamente por la cremación, las cenizas deben conservarse de una manera compatible con nuestra esperanza en la resurrección.
Quizás necesitemos recuperar también algunas prácticas sencillas que durante generaciones acompañaron el duelo de nuestras familias. Los novenarios, la visita al cementerio, la Misa ofrecida por los difuntos y aquella oración compartida entre vecinos y familiares no eran simples costumbres culturales. Eran maneras concretas de decir que quien murió seguía siendo parte de una historia, una familia y una comunidad de fe.
En una época donde podemos invertir grandes cantidades en flores, música, fotografías y despedidas cuidadosamente organizadas, vale la pena preguntarnos si seguimos dejando espacio para aquello que no tiene precio: orar por quien ha partido. Como recuerda esta edición, la oración ofrecida por nuestros difuntos constituye uno de los regalos más profundos que podemos brindarles.
Pero la dignidad humana no se defiende solamente al final de la vida. También se protege acompañando a las familias mientras recorren su camino. Mons. Eusebio Ramos Morales regresa de Roma con una invitación muy concreta luego del encuentro convocado por el papa León XIV con motivo de los diez años de Amoris Laetitia: “Tenemos como Iglesia que acompañar a los matrimonios y a las familias”. No basta preparar una pareja para recibir el sacramento del Matrimonio. Hay que permanecer cerca durante los primeros años, las crisis, la llegada de los hijos, las dificultades económicas, la enfermedad y las distintas etapas de la vida familiar.
Ese acompañamiento nos recuerda que la familia continúa siendo uno de los lugares privilegiados donde se aprende a amar, servir, perdonar y sostener al otro. Si queremos una sociedad capaz de respetar a sus ancianos y despedir dignamente a sus muertos, debemos comenzar fortaleciendo los vínculos familiares mientras todavía tenemos la oportunidad de mirarnos, escucharnos y acompañarnos.
La defensa de la persona aparece también en otro de los temas de esta edición: el impacto de la inteligencia artificial en la economía. El progreso tecnológico puede representar una gran oportunidad, pero necesita una pregunta fundamental: ¿al servicio de quién está? La tecnología pierde su sentido cuando el lucro se coloca por encima del ser humano. La actividad económica, como recuerda la experiencia cooperativista presentada en nuestras páginas, debe tener como centro la dignidad de la persona, su capacidad de participar y la posibilidad de construir su propio futuro.
También desde América Latina llega un llamado a la unidad. La delegación puertorriqueña que participó del ECCLA 2026 regresó con la invitación de fortalecer la comunión y entender que los distintos carismas no existen para competir entre sí, sino para ponerse al servicio de una misma misión evangelizadora. La gracia recibida no se guarda: se comparte.
Quizás ahí encontramos el hilo que une toda esta edición.
Acompañar a nuestros difuntos. Acompañar a nuestros matrimonios. Defender al trabajador frente a los cambios tecnológicos. Fortalecer la comunión entre quienes evangelizan. Todo parte de una misma convicción: la persona nunca puede convertirse en un número, una carga o un problema que debemos resolver rápidamente.
Cada vida posee una historia que merece ser acogida, acompañada y respetada.
En estos días de Todos los Santos y Fieles Difuntos, recordar nuestra propia fragilidad no debe llenarnos de miedo. Al contrario, debe ayudarnos a vivir con mayor profundidad. Si sabemos que caminamos hacia la eternidad, aprendemos a valorar mejor el tiempo que Dios nos concede, las personas que coloca a nuestro lado y las oportunidades que tenemos para amar.
Una sociedad también se mide por la manera en que cuida a quienes ya no pueden producir, acompaña a quienes sufren y honra a quienes han partido.
Y para nosotros, cristianos, existe todavía una certeza mayor: la muerte no tiene la última palabra.
Por eso recordamos, oramos y seguimos caminando con esperanza.
