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El Visitante de Puerto Rico

Gracias por haberme permitido ser su obispo

Queridos hermanos y hermanas de la amada Iglesia que peregrina en Ponce: ¡Shalom! ¡Paz en Cristo, nuestra Esperanza! Al concluir el ministerio que la Iglesia me confió como Obispo de esta querida diócesis, deseo dirigirme a cada uno de…

Gracias por haberme permitido ser su obispo
Rubén GonzálezPor Rubén González17 de agosto de 2026 · 4 min de lectura

Queridos hermanos y hermanas de la amada Iglesia que peregrina en Ponce:

¡Shalom! ¡Paz en Cristo, nuestra Esperanza!

Al concluir el ministerio que la Iglesia me confió como Obispo de esta querida diócesis, deseo dirigirme a cada uno de ustedes con un corazón lleno de gratitud, paz y esperanza.

Las palabras de Jesús: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10), iluminan este momento de mi vida. Al mirar el camino recorrido, no encuentro motivos para la gloria personal, sino para dar gracias a Dios, que me llamó, me sostuvo y me concedió la inmensa gracia de servirles durante estos años.

Ante todo, elevo mi acción de gracias al Señor, Buen Pastor, que me llamó al ministerio episcopal y me permitió servir a esta Iglesia particular. Agradezco también al Santo Padre, el papa León XIV, por la confianza depositada en mí durante este tiempo como Administrador Apostólico y por haber regalado a nuestra diócesis un nuevo pastor según el corazón de Cristo.

Gracias a los presbíteros, mis primeros colaboradores, por su entrega generosa, su fraternidad sacerdotal y su amor a la Iglesia. Gracias a los diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas y personas consagradas, que con el testimonio de su vida han enriquecido nuestra diócesis. Gracias a los laicos que han colaborado conmigo en el Obispado, a las familias, a los jóvenes, a los enfermos y a cuantos sirven en nuestras parroquias, escuelas, movimientos, comunidades y obras de caridad. Cada uno de ustedes ha sido un regalo de Dios para mi ministerio.

He sido inmensamente feliz entre ustedes. Compartimos momentos de alegría, de crecimiento pastoral y de abundantes gracias; también afrontamos juntos pruebas, sufrimientos y desafíos. En todos ellos experimenté la fuerza del Señor, que nunca abandona a su pueblo.

Con humildad deseo también pedirles perdón. Perdón por mis limitaciones; por las ocasiones en que no supe escuchar lo suficiente; por las decisiones que pudieron causar dolor o incomprensión; por mis errores y omisiones. Siempre procuré buscar el bien de las personas y el bien de la Iglesia. Sin embargo, reconozco que soy un hombre frágil, limitado y pecador, necesitado constantemente de la misericordia de Dios.

“Fijos los ojos en Jesús”

Hoy doy gracias por todo lo vivido. El Señor me permitió contemplar la acción del Espíritu Santo en esta Iglesia particular: el crecimiento de tantas comunidades; el compromiso de nuestros agentes pastorales; la generosidad de nuestros presbíteros y diáconos; la entrega de los religiosos y religiosas; la vitalidad de nuestros jóvenes; y el testimonio silencioso de tantos hombres y mujeres que, sin hacer ruido, sostienen la vida de la Iglesia con su oración, su sacrificio y su servicio.

Los invito ahora a recibir con amor filial, obediencia y espíritu de comunión a nuestro nuevo Obispo, Mons. Gerardo Ramírez Torres. Ábranle el corazón como lo hicieron conmigo. Caminen junto a él, oren por él, sosténganlo con su cercanía, su afecto y su colaboración. Él viene en nombre del Señor para continuar la misión que Cristo confía a su Iglesia. La Iglesia sigue adelante porque su verdadero Pastor es Jesucristo, que nunca abandona a su pueblo.

Me despido con el corazón sereno y lleno de esperanza. Me llevo el recuerdo imborrable de tantos rostros, tantas historias y tantos gestos de cariño que permanecerán siempre en mi memoria y en mi oración. Allí donde el Señor me conceda seguir sirviendo, llevaré siempre a la Diócesis de Ponce en el corazón.

No digo «adiós», sino «hasta siempre». En la comunión de la Iglesia nadie deja de pertenecer al pueblo que ha amado y servido. Continuaremos encontrándonos en la oración, en la celebración de la Eucaristía y en el Corazón de Cristo. Allí permaneceremos siempre unidos.

Encomendemos nuestro camino a Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive; la mujer audaz, la del corazón de fuego, para que continúe protegiendo a nuestra Iglesia diocesana y acompañe a nuestro nuevo pastor en la misión que está por iniciar.

Gracias por haberme permitido ser su obispo. Gracias por su afecto, por su confianza y por sus oraciones. Han enriquecido mi vida misionera, sacerdotal y episcopal mucho más de lo que yo hubiera podido imaginar.

Que el Señor los bendiga abundantemente, los fortalezca en la fe y haga de nuestra Diócesis de Ponce una comunidad cada vez más unida, misionera y llena de esperanza. ¡Ánimo! Mantengan siempre la mirada fija en Jesús, el que inicia y perfecciona nuestra fe (cf. Hb 12,2).

Que Cristo, nuestra Esperanza, los sostenga siempre, y que el Espíritu Santo siga encendiendo el corazón de esta Iglesia de Ponce para anunciar el Evangelio con alegría y valentía.

Cordialmente en Cristo Buen Pastor,

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