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El Visitante de Puerto Rico

Tres naciones, una Iglesia, un solo pueblo que camina en comunión

ENCUENTRO FRATERNO DE LOS OBISPOS DELEGADOS DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES DE NORTEAMÉRICA Comunicado conjunto A las Iglesias en Norteamérica «Miren qué bueno y qué agradable es que los hermanos vivan unidos» (Salmo 133, 1).

Tres naciones, una Iglesia, un solo pueblo que camina en comunión
Redacción EVPor Redacción EV5 de septiembre de 2026 · 15 min de lectura

ENCUENTRO FRATERNO DE LOS OBISPOS DELEGADOS DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES DE NORTEAMÉRICA

Comunicado conjunto A las Iglesias en Norteamérica

«Miren qué bueno y qué agradable es que los hermanos vivan unidos» (Salmo 133, 1).

Con espíritu de fraternidad, oración y diálogo, concluyó en Cuernavaca, Morelos, el Encuentro Fraterno de los obispos delegados de las Conferencias Episcopales de México, Estados Unidos y Canadá, un espacio que permitió a los pastores de las tres naciones compartir sus realidades, escucharse mutuamente y discernir caminos de colaboración para la misión de la Iglesia en Norteamérica.

El encuentro contó con la presencia de Mons. Ramón Castro Castro, Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano; Mons. Daniel Flores, Vicepresidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos; Mons. Pierre Goudreault, Presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de Canadá; Mons. Óscar Cantú, responsable de Asuntos Hispanos del Episcopado de los Estados Unidos; Mons. Eugenio Lira Rugarcía, responsable de la Dimensión Episcopal de Pastoral de la Movilidad Humana, así como colaboradores.

Durante estos días se compartieron las realidades sociales, políticas, económicas y eclesiales de sus respectivos países y se abordaron algunos de los principales desafíos que hoy interpelan a la Iglesia en la región de Norteamérica: de manera particular, la movilidad humana y la cuestión migratoria, la dignidad de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial, la evangelización y las posibilidades de colaboración pastoral entre las Iglesias en México, en Estados Unidos y en Canadá.

Una experiencia de comunión

Más que una reunión de trabajo, el encuentro buscó ser una experiencia de comunión entre hermanos. La convivencia, la oración y la celebración de la Eucaristía acompañaron las jornadas de reflexión, permitiendo que los participantes profundizaran no solamente en los desafíos que comparten, sino también en los vínculos que los unen como pastores de una misma Iglesia.

Esa fraternidad se vivió también en lo cotidiano: en la cena de bienvenida que abrió los corazones, en la mesa compartida —incluida la comida en casa del Sr. Obispo de Cuernavaca—, y en la visita a la Catedral, que Mons. Ramón Castro mostró a sus hermanos como su propia casa, rincón por rincón. El trabajo se inició, además, con una Conversación en el Espíritu, escuchándose unos a otros en oración antes que debatir, según el estilo del camino sinodal.

En un momento en que las relaciones entre las naciones pueden experimentar tensiones y diferencias, este encuentro ofrece un signo particularmente significativo: es posible escucharnos, reconocernos como hermanos y trabajar juntos aun cuando nuestras realidades nacionales sean distintas.

Las Iglesias en Norteamérica, desde su propia misión, quieren contribuir a tender puentes, favorecer el diálogo y promover una cultura del encuentro (cf. Papa Francisco, Fratelli tutti, 216). No se trata de ignorar las diferencias, sino de aprender a caminar juntos desde aquello que nos une: la dignidad de toda persona, la búsqueda del bien común y la misión de anunciar el Evangelio.

Los encuentros con el pueblo, primer fruto

Entre los primeros frutos de estos días estuvieron los encuentros con las comunidades locales. En las parroquias, en los pueblos y en los antiguos conventos de Morelos, los pastores y colaboradores fueron recibidos con la calidez y la fe sencilla de la gente. Las visitas guiadas, con explicaciones de gran riqueza, la gastronomía y las expresiones culturales abrieron una ventana viva a la historia y a la vida creyente de esta tierra. Lejos de ser un mero marco, estos encuentros formaron parte del corazón de la reunión: recordaron a todos que la comunión no se teje solamente en las salas de trabajo, sino también en la mesa compartida, en el camino y en el rostro cercano del Pueblo de Dios.

La experiencia de la Iglesia en México

Como Iglesia local, la Conferencia del Episcopado Mexicano abrió el camino de la reflexión con un panorama de la realidad social, política y económica de México y de su realidad eclesial: un país de grandes contrastes y desafíos —la desigualdad, la violencia, la migración como tierra de origen, de tránsito y también de destino— y, a la vez, un pueblo de fe profunda, de arraigada religiosidad popular y de vitalidad guadalupana, en el que la Iglesia sigue siendo cercana y creíble para muchos.

Se presentó, asimismo, una reflexión sobre la Encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, que dio al encuentro una clave antropológica: «el misterio del hombre solamente se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et Spes, 22); el desarrollo tecnológico es auténtico solo cuando sirve a la persona; la responsabilidad sobre la inteligencia artificial no puede delegarse —no podemos dejar en manos de un algoritmo las decisiones que afectan nuestra dignidad, definiendo quiénes somos, para qué servimos o quiénes deben ser descartados—; y, frente a las narrativas del transhumanismo, el verdadero «más que humano» se alcanza por la gracia, en el humanismo cristiano. Custodiar lo humano —evocando la disyuntiva entre Babel y la reconstrucción de Jerusalén— es hoy una tarea común de la Iglesia en Norteamérica.

Una misión compartida

Uno de los ejes de la reflexión fue la necesidad de custodiar lo humano como una responsabilidad común de la Iglesia en Norteamérica. A partir de la reflexión sobre la Encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, los participantes reafirmaron la importancia de poner a la persona en el centro de la misión y de toda decisión pastoral, y de acompañar las situaciones que afectan especialmente a quienes viven condiciones de vulnerabilidad.

En palabras del propio Papa León XIV, el modo en que una sociedad trata a los migrantes y a los más frágiles «muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad» (Magnifica Humanitas, 81).

De manera especial, la realidad de la movilidad humana ocupó un lugar central. Fue presentada, en primer lugar, por Mons. Eugenio Lira, responsable de la Pastoral de la Movilidad Humana de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en una clave trinacional que abarcó a México, Estados Unidos y Canadá. Contemplar el fenómeno desde el país de origen y de tránsito, y después desde los países de destino, permitió mirar juntos las dos orillas de un mismo camino: un ejercicio profundamente enriquecedor que confirmó que se trata de un desafío común a las tres naciones. En los rostros de quienes migran reconocimos historias, necesidades y esperanzas que reclaman cercanía, acompañamiento y solidaridad.

Por ello, los obispos delegados de las tres Conferencias Episcopales buscaron iniciativas comunes como propuestas para fortalecer caminos de colaboración, las cuales serán presentadas a sus respectivos consejos permanentes para su discernimiento y, en su caso, aprobación.

La experiencia de la Iglesia en los Estados Unidos (USCCB)

Mons. Daniel Flores, Vicepresidente y Mons. Oscar Cantú, Presidente sub-comité para asuntos hispanos/latinos, compartieron a profundidad la experiencia de su Iglesia particular. Recordaron, en primer lugar, que la caridad implica siempre compromiso con la justicia social (Cf. Caritas in veritate, 6). Por tal, la vocación de servicio a la vida y a la promoción de la dignidad humana son esenciales a la misión de la Iglesia. El amor a Dios se hace amor concreto en el amor al prójimo; es en el contacto con la realidad —con el rostro de quien sufre— donde la Iglesia encuentra un lugar privilegiado de vida, de conocimiento y aun de reflexión teológica; y es allí donde se manifiesta su riqueza: la capacidad de afrontar la realidad y sus desafíos.

Esa experiencia se vivió de manera particular en la frontera sur . Al aumentar la llegada de niños y de familias, muchos de ellos centroamericanos, que buscaban asilo y protección, las Iglesias locales de las ciudades fronterizas salieron al encuentro de esa necesidad: la gente se detenía y preguntaba, sencillamente, qué hacía falta; y en no pocas ocasiones fueron las mismas autoridades quienes llevaron a los niños y a sus madres a las parroquias, porque no había quién les diera de comer. La Iglesia acogió a los que llegaban y representó, ante todos, el rostro humano de la hospitalidad.

En los años recientes, el endurecimiento de las políticas migratorias ha transformado ese panorama: la frontera se ha cerrado casi por completo —incluso para quienes huyen de naciones en guerra—, se han puesto en marcha programas de deportación masiva. En el discurso se ha perdido la distinción entre ofensa civil y delito criminal, de modo que la sola condición de migrante sin documentos tiende a considerarse como un delito criminal, cuando en realidad es ofensa civil. Todo ello ha sembrado miedo y preocupación en las comunidades locales, las cuales se han desestabilizado como consecuencia de la separación de las familias que han quedado expuestas sin protección de la ley.

En este contexto, la acción caritativa de la Iglesia enfrenta desafíos nuevos y delicados: en algunos casos ha debido defenderse ante los tribunales, frente a la pretensión de presentar como complicidad lo que en realidad ha sido un servicio a los más pobres, necesitados y vulnerables. Los pastores reconocieron la tensión que ello supone —también para los católicos que participan en la vida pública— y reafirmaron que la defensa del bien común y de la dignidad de toda persona es parte irrenunciable de la misión de la Iglesia.

Como signo de vitalidad y de esperanza en medio de estas dificultades, la Iglesia en los Estados Unidos ha manifestado su solidaridad presentando diversas iniciativas como «you are not alone» y su Plan Pastoral Nacional para el Ministerio Hispano Latino, este último como fruto de un amplio camino de escucha y discernimiento, que orientará la misión evangelizadora y el acompañamiento de las comunidades en los próximos años.

La experiencia de la Iglesia en Canadá (CCCB/CECC)

Mons. Pierre Goudreault, Presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de Canadá, ofreció una mirada complementaria desde una sociedad profundamente diversa y, a la vez, fuertemente secularizada. Canadá es hoy uno de los países con mayor proporción de población nacida en el extranjero, un verdadero mosaico de culturas, lenguas y religiones —enriquecido, además, por el aporte fundacional de sus pueblos originarios: las Primeras Naciones, los Inuit y los Métis—. En ese contexto, la Iglesia vive su misión atenta a cuatro prioridades: el desarrollo de iniciativas para la sinodalidad, la implementación de una estrategia nacional por el diálogo ecuménico, el discernimiento ante la inteligencia artificial, y la sanación y reconciliación con los pueblos indígenas.

También en el norte la movilidad humana es signo de los tiempos. Tras años de crecimiento récord, el panorama migratorio ha entrado en una fase de mayor restricción; y, sin embargo, en muchas diócesis son las familias migrantes y el clero venido de otras naciones quienes renuevan el dinamismo de algunas parroquias: el migrante se vuelve también misionero, y la movilidad humana sostiene la vida de la Iglesia. El desafío mayor es estructural —acompañar con calidad humana y espiritual, y organizar la pastoral de la movilidad, aún en desarrollo—, y por ello Canadá impulsa un nuevo Servicio Nacional para la Movilidad Humana, que teje red entre las diócesis, ofrece formación y promueve una cultura de acogida arraigada en el Evangelio.

De este modo, la voz de Canadá confirmó la convicción compartida por todos: la realidad migratoria trasciende las fronteras nacionales y pide respuestas que también trasciendan las fronteras eclesiales.

Caminar juntos para anunciar el Evangelio

El encuentro permitió también identificar proyectos de colaboración entre las Iglesias particulares, entre ellos sobresalen iniciativas relacionadas con el intercambio de sacerdotes y misiones de evangelización, así como otros espacios de cooperación que podrán desarrollarse en el futuro, proyectos que serán presentados, en primer lugar, al Consejo Permanente de cada Conferencia Episcopal. Esta voluntad de colaboración expresa una convicción compartida: la comunión se construye caminando juntos y poniendo los dones de cada Iglesia al servicio de una misión común.

El encuentro con los seminaristas de la Diócesis de Cuernavaca fue otro signo de esperanza: en la visita al Seminario, recibidos por el rector, los obispos compartieron con estos jóvenes. Se abrió un diálogo sencillo y fraterno; entre sus preguntas resonó una especialmente: «¿cómo saber que el Señor llama?». Cada uno de los obispos les dirigió palabras de aliento y cercanía, compartiendo desde su propia experiencia el modo en que Dios se hace presente en el corazón que discierne. La visita concluyó con algunos cantos de los seminaristas. Este encuentro recordó a todos que la comunión entre las tres naciones se prolonga en el cuidado de las vocaciones: cultivar y acompañar las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada es una responsabilidad compartida y una de las expresiones más concretas de esperanza para la Iglesia en Norteamérica. Por eso resuena con fuerza la invitación del Señor: «La mies es abundante y los trabajadores pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies» (Lucas 10, 2), y el llamado a promover una auténtica cultura vocacional (cf. Concilio Vaticano II, Optatam totius, 2).

México, Estados Unidos y Canadá son naciones con historias, culturas y realidades diversas. Sin embargo, millones de católicos de los tres países forman parte de una misma Iglesia y comparten una misma fe. Por ello, este encuentro quiso recordar que las fronteras entre las naciones no tienen por qué convertirse en fronteras entre los corazones: la Iglesia puede ser un espacio donde las diferencias se encuentren, donde el diálogo sea posible y donde la fraternidad se traduzca en servicio.

En comunión con toda la Iglesia en América

El encuentro se abrió también al horizonte de todo el continente. Los pastores hicieron referencia al reciente Mensaje al Pueblo de Dios que peregrina en las Américas, elaborado en comunión con la USCCB y la CCCB/CECC y el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), que recoge una convicción compartida por las Iglesias del norte y del sur: somos una sola Iglesia en América.

En esa misma línea, se expresó el anhelo de avanzar, de manera gradual y prudente, hacia una región de fraternidad episcopal de Norteamérica: un vínculo estable de comunión entre las tres Conferencias y con el Santo Padre el Papa León XIV, que no pretende crear una nueva estructura ni una instancia paralela, sino promover una conciencia continental y una colaboración efectiva, respetando la identidad de cada Conferencia y en estrecha coordinación con el resto del continente, de modo que la acción pastoral —especialmente ante la movilidad humana, que atraviesa países, sistemas y fronteras— no sea fragmentada, sino continental y solidaria. Reconocemos que ningún migrante es un extraño para la Iglesia: en quien deja su tierra buscando seguridad y dignidad vemos el rostro de Cristo que camina.

Remar mar adentro

En la Eucaristía que cerró las jornadas de trabajo, en la memoria de san Gregorio Magno, la Palabra del Evangelio nos colocó ante una imagen sencilla y exigente: una barca, unas redes vacías y una palabra de Jesús: «Rema mar adentro» (Lc 5, 4). En la homilía, Mons. Ramón Castro Castro señaló que, como Pedro, que conocía el lago y había trabajado toda la noche, también nosotros conocemos nuestras realidades y tenemos estructuras, programas, recursos y proyectos; y, sin embargo, hemos de reconocer delante del Señor que algunas redes siguen vacías. El Evangelio no nos propone comenzar haciendo más, sino escuchar de nuevo a Cristo: el pastor no es propietario de la Iglesia; es quien permanece a la escucha de Dios para poder escuchar después el clamor de su pueblo, y antes que pastor sigue siendo discípulo.

«Por tu palabra, echaré las redes»: no se trata únicamente de encontrar respuestas eficaces, sino respuestas evangélicas. Una Iglesia puede tener magníficos análisis y perder el Evangelio; muchos recursos y perder la esperanza; grandes principios y olvidar el rostro concreto de la persona; estructuras muy eficientes y dejar de ser una casa donde alguien se siente acogido. Por eso la cuestión migratoria no es solo una cuestión de fronteras, sino de rostros: detrás de cada política hay familias, detrás de cada estadística una historia, detrás de cada frontera una persona que conserva la esperanza de una vida más digna. La orilla es segura; el mar introduce incertidumbre, y toda renovación auténtica implica salir de la seguridad de la orilla, sin confundir fidelidad con inmovilidad: la fidelidad a Cristo no consiste en quedarnos quietos, sino en avanzar con Él. No estamos reunidos porque el mundo se haya vuelto sencillo, sino porque se ha vuelto complejo y necesitamos discernir juntos cómo anunciar el Evangelio en esta nueva hora.

Cuando la pesca fue abundante, Pedro hizo señas a los compañeros de la otra barca. Una sola barca no basta: México no puede caminar solo, ni Estados Unidos, ni Canadá. La diversidad no tiene que convertirse en distancia ni la diferencia en división, porque pertenecemos al mismo Señor: «ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios» (1 Cor 3, 23). La Iglesia no es de México, ni de Estados Unidos, ni de Canadá, ni de una Conferencia Episcopal, ni siquiera de sus pastores: la Iglesia es de Cristo. Los acuerdos, las conclusiones y los proyectos comunes serán importantes, pero solo serán fecundos si nacen de la convicción de que necesitamos a la otra barca. Si hemos venido solo a intercambiar información, habremos hecho muy poco; si hemos venido a escuchar juntos al Espíritu y a descubrir cómo servir mejor al Pueblo de Dios, estas jornadas pueden convertirse en un verdadero acontecimiento eclesial. Que al volver a nuestras Iglesias llevemos algo más que documentos: rostros, nombres, historias, preocupaciones compartidas y la certeza de que nuestras Iglesias pueden ayudarse mutuamente. Cristo está en la barca; por eso podemos volver a echar las redes, remar más adentro y llamar a la otra barca, confiando en la gracia de Aquel que nos dijo: «No temas» (Lc 5, 10).

Bajo el amparo de Santa María de Guadalupe

El camino de estos días estuvo puesto bajo el amparo de Santa María de Guadalupe, Madre y Estrella de la Evangelización de América. Cada jornada, los pastores se unieron a la Novena Intercontinental Guadalupana, que congrega a los pueblos del continente en una misma súplica: por medio de ella encomendaron a la Madre de América el trabajo del encuentro y las necesidades de sus Iglesias particulares, conscientes de que la comunión de Norteamérica también se teje de rodillas. El encuentro concluyó a los pies de Santa María de Guadalupe, en su Basílica: ante la Madre de América, los pastores de las tres naciones depositaron los frutos de estos días y renovaron su compromiso de caminar juntos.

Ante ella, los obispos delegados de las Conferencias Episcopales de México, Estados Unidos y Canadá ponen las esperanzas y necesidades de sus pueblos, especialmente de las familias, los jóvenes, los migrantes, los pobres y todos aquellos que necesitan experimentar la cercanía y la misericordia de Dios.

El Encuentro Fraterno de las Conferencias Episcopales de Norteamérica deja así un signo de esperanza para nuestro continente: tres naciones, una Iglesia y un sólo pueblo católico que, desde su diversidad, quiere seguir caminando en comunión. Que este encuentro no sea solamente un momento en la agenda de nuestras Conferencias, sino el inicio de nuevos caminos de colaboración, fraternidad y misión compartida, porque caminar juntos es también una manera de anunciar el Evangelio.

Hoy, más que nunca, Norteamérica necesita escuchar un mensaje de fraternidad, diálogo, esperanza y paz. Con la mirada puesta en Cristo y bajo el amparo de Santa María de Guadalupe, las Iglesias en México, en Estados Unidos y en Canadá renuevan su compromiso de caminar juntas, custodiar la dignidad humana y servir a sus pueblos, haciendo suya la oración del Señor: «que todos sean uno» (Jn 17, 21).

+ Mons. Ramón Castro Castro

Obispo de Cuernavaca

Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano

+ Mons. Pierre Goudreault

Obispo de Santa Ana de la Pocatiere

Presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de Canadá

+ Mons. Daniel Flores

Obispo de Brownsville, Texas

Vicepresidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos

Con la participación especial de

+ Mons. Óscar Cantú

Obispo de San José, California

Presidente responsable Sub-comité de Asuntos Hispanos/Latinos · USCCB

+ Mons. Eugenio Lira Rugarcía

Obispo de Matamoros – Reynosa

Responsable de la Dimensión Episcopal de Pastoral de la Movilidad Humana

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