Saltar al contenido
El Visitante de Puerto Rico

Todo el mundo está invitado

Isaías le dice al pueblo de Israel que la nación santa no está llamada a la exclusividad de Dios, sino que ella es la anfitriona que invita a todos los pueblos de la tierra a encontrarse con ÉL.

Todo el mundo está invitado
Padre Rafael “Felo” MéndezPor Padre Rafael “Felo” Méndez11 de octubre de 2026 · 3 min de lectura

Isaías le dice al pueblo de Israel que la nación santa no está llamada a la exclusividad de Dios, sino que ella es la anfitriona que invita a todos los pueblos de la tierra a encontrarse con ÉL.

Ante las dificultades de la vida, San Pablo nos presenta la fórmula que todos conocemos y que citamos tanto: “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

En el Evangelio de San Mateo, Jesucristo deja en claro que todos estamos llamados al banquete celestial, pero que tenemos que estar vestidos apropiadamente para él.

En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel tenía en claro que era el pueblo santo de Dios, la nación escogida, que Israel es la Tierra Prometida y que Jerusalén es la Ciudad Santa. Esto les daba una falsa sensación de seguridad y un ensoberbecimiento de que eran los únicos amados y escogidos por Dios. Pero Isaías les recuerda que eso no es así y que todos los pueblos de la tierra están llamados al Banquete de Dios. Como metáfora, Jerusalén será el lugar en el que se van a dar cita todos los pueblos y que el rol de Israel es el de invitar a todos y ser el anfitrión. Es interesante que la imagen que la Biblia da de la vida eterna es la de un banquete, en la que se da incluso vino añejado.

Jesucristo, como siempre que retoma las imágenes de los antiguos profeta pero que les da su sello particular, recoge la imagen de banquete de Isaías para darle otra dimensión. Este es el banquete de bodas del Cordero, del Hijo del Rey. Este personaje que Jesucristo introduce en la imagen de la fiesta no es otra que la de Él mismo, y que su Padre Celestial le tira una fiesta por haber muerto en la Cruz y así entrar en su gloria. Todos nosotros estamos llamados a esa fiesta, todos estamos invitados y el Señor quiere que estemos.

Ah, pero para poder entrar a esa fiesta, hay una condición: estar vestidos de gala. Como siempre, cada elemento de las parábolas de Jesús tiene un significado, es una metáfora y, en este caso, el vestido de gracia que el Rey (o sea Dios), nos exige que llevemos puestos para entrar al banquete, es el vestido de la gracia, porque el pecado nos afea. Cuando nos bautizamos y cada vez que nos confesamos con conciencia, nuestro vestido se vuelve blanco como la nieve, se vuelve brillante. Recordando el episodio de la Transfiguración, el vestido de Jesús se convirtió tan blanco y resplandeciente que brillaba, y ninguna lavandería la ponía poder así de blanco. Pero, cada vez que pecamos, el traje se mancha, se llena de boquetes, y ya no es apto para la fiesta, con ese vestido no podemos entrar.

Aunque Dios nos ama a pesar de que somos pecadores, Dios quiere que nosotros vivamos una vida de gracia, no una vida de pecado. Estamos llamados, por tanto, a renunciar constantemente a las situaciones de pecado y optar por Jesús. De manera especial, este es un llamado a los que hace tiempo no se confiesan ni comulgan, aunque pueden hacerlo, por vergüenza, por miedo, por no confesarse. Estas personas persisten en estar con un traje sucio y no entrar en el banquete. ¡Uy foh!

Newsletter

Recibe una lectura serena de la semana

Noticias, editoriales y formación católica seleccionadas por la redacción, directo a tu correo.

Donativos

Apoya la misión de la prensa católica en Puerto Rico

Tu aportación sostiene cobertura responsable, formación editorial, presencia en las diócesis y herramientas digitales para servir mejor al país.