Tengo algo que decirte sobre el terreno de mi corazón
El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús: la parábola del sembrador. Un hombre sale a sembrar y la semilla cae en distintos terrenos: junto al camino, entre piedras, entre espinas y en tierra…

El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús: la parábola del sembrador. Un hombre sale a sembrar y la semilla cae en distintos terrenos: junto al camino, entre piedras, entre espinas y en tierra buena. La diferencia no está en la calidad de la semilla ni en la generosidad del sembrador. La diferencia está en la disposición del terreno.
La semilla es la Palabra de Dios. El sembrador es Cristo, que continúa sembrando con abundancia en el corazón de cada persona. No se reserva nada. Sale a nuestro encuentro y derrama su Palabra sobre todos. Dios nunca se cansa de sembrar esperanza, verdad y vida.
La pregunta que hoy nos hace el Evangelio es sencilla pero profunda: ¿Qué clase de terreno soy yo para la Palabra de Dios?
Hay corazones que se parecen al camino endurecido. Escuchan la Palabra, pero no la dejan entrar. Las preocupaciones, la indiferencia o la superficialidad impiden que eche raíces. La Palabra queda en la superficie y desaparece rápidamente.
Otros corazones son como el terreno pedregoso. Reciben la Palabra con entusiasmo inicial, pero sin profundidad. Cuando llegan las dificultades, las pruebas o las exigencias del Evangelio, la fe se debilita y se abandona el camino.
También están las espinas. Son las preocupaciones excesivas, la búsqueda de riquezas, el afán de poder, el egoísmo o las distracciones que terminan sofocando la vida espiritual. La semilla brota, pero no llega a dar fruto.
Finalmente está la tierra buena. No es una tierra perfecta; es una tierra abierta, trabajada y disponible. Es el corazón que escucha, comprende, persevera y permite que Dios actúe. Allí la Palabra produce fruto abundante: treinta, sesenta y hasta cien por uno.
En este Año dedicado a la oración, nuestra Iglesia diocesana nos recuerda que la tierra buena se cultiva en el encuentro cotidiano con Dios. Nadie se convierte en tierra fértil por casualidad. El corazón se prepara mediante el silencio, la escucha, la contemplación, la adoración y el servicio. La oración remueve las piedras de la indiferencia, arranca las espinas de la autosuficiencia y ablanda la dureza del corazón.
Por eso Jesús no nos invita simplemente a escuchar la Palabra, sino a acogerla y ponerla en práctica. La verdadera escucha transforma la vida. La Palabra no es una información más; es una fuerza viva que tiene poder para renovar nuestros pensamientos, nuestras relaciones, nuestras familias y nuestras comunidades.
