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El Visitante de Puerto Rico

Te encontré en el camino: Salir al encuentro del prójimo es descubrir el rostro de Cristo

Por: Myriam Quintana Alsina Profesora, Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico Presidenta, Junta de Directores de Tiberiades Inc. Hay encuentros que transforman nuestra manera de mirar la vida.

Te encontré en el camino: Salir al encuentro del prójimo es descubrir el rostro de Cristo
Redacción EVPor Redacción EV29 de octubre de 2026 · 3 min de lectura

Por: Myriam Quintana Alsina

Profesora, Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

Presidenta, Junta de Directores de Tiberiades Inc.

Hay encuentros que transforman nuestra manera de mirar la vida. A veces ocurren en los lugares más sencillos, cuando nos detenemos delante de alguien cuyo camino parecía lejano al nuestro. Y es entonces, en ese encuentro, cuando descubrimos que un gesto de amor puede brindarnos una experiencia profunda de Dios.

Cuando escuchamos la palabra misión solemos pensar en un viaje hacia tierras lejanas a llevar el Evangelio. Sin embargo, la misión puede ser en nuestras propias comunidades, en las calles que recorremos cada día y ante los hermanos que muchas veces pasan inadvertidos.

“Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron” (Mateo 25:40). Estas palabras de Jesús nos invitan a mirar más allá de las necesidades materiales y reconocer en cada persona una dignidad sagrada que ninguna circunstancia puede borrar.

Salir al encuentro implica tomar la iniciativa; no debemos esperar a que quien necesita apoyo llegue hasta nosotros. Hay hermanos que viven la soledad, la pobreza o la exclusión en lugares a los que rara vez dirigimos nuestra mirada. Llegar hasta donde están hace una gran diferencia: es decirles, con nuestra presencia, no estás solo; tu vida importa. Es escuchar sin juzgar, llamar a alguien por su nombre, compartir tiempo y reconocer que cada persona tiene una historia, dones y algo valioso que ofrecer.

El encuentro con las personas sin hogar en las noches transforma vidas; transforma, en primer lugar, nuestra propia vida. En el corazón permanecen grabados esos momentos: una conversación sincera, una mirada, una sonrisa, un abrazo, la confianza que nace cuando alguien finalmente se siente visto y escuchado. Muchas veces pensamos únicamente en lo que vamos a dar y regresamos a casa agradecidos, porque es más lo que recibimos que lo que ofrecemos.

Cuando salimos y llegamos hasta donde está nuestro hermano, descubrimos allí el rostro de Cristo. No se trata de llevar a Dios a un lugar donde esté ausente, sino de aprender a reconocer que Él ya nos espera en la vida de cada persona con la que nos cruzamos. Como los discípulos de Emaús, a veces necesitamos recorrer el camino y abrir el corazón para reconocer su presencia (Lucas 24:13-35).

El apóstol Pedro nos recuerda que cada uno debe poner al servicio de los demás el don que ha recibido (1 Pedro 4:10). Todos podemos ser misioneros desde nuestra propia realidad: ofreciendo tiempo, escucha, compañía y gestos concretos de amor al prójimo. El servicio transforma a quien recibe ayuda, pero también renueva a quien se atreve a acercarse.

Que este Mes de las Misiones no termine solamente en palabras o buenas intenciones. Preguntémonos: ¿a quién puedo encontrar en el camino? Tal vez Cristo nos esté esperando mucho más cerca de lo que imaginamos. Porque llegar a ellos hace una gran diferencia. ¡Ven y Verás!

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