Te encontré en el camino: Salir al encuentro del prójimo es descubrir el rostro de Cristo
Por: Myriam Quintana Alsina Profesora, Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico Presidenta, Junta de Directores de Tiberiades Inc. Hay encuentros que transforman nuestra manera de mirar la vida.

Por: Myriam Quintana Alsina
Profesora, Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico
Presidenta, Junta de Directores de Tiberiades Inc.
Hay encuentros que transforman nuestra manera de mirar la vida. A veces ocurren en los lugares más sencillos, cuando nos detenemos delante de alguien cuyo camino parecía lejano al nuestro. Y es entonces, en ese encuentro, cuando descubrimos que un gesto de amor puede brindarnos una experiencia profunda de Dios.
Cuando escuchamos la palabra misión solemos pensar en un viaje hacia tierras lejanas a llevar el Evangelio. Sin embargo, la misión puede ser en nuestras propias comunidades, en las calles que recorremos cada día y ante los hermanos que muchas veces pasan inadvertidos.
“Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron” (Mateo 25:40). Estas palabras de Jesús nos invitan a mirar más allá de las necesidades materiales y reconocer en cada persona una dignidad sagrada que ninguna circunstancia puede borrar.
Salir al encuentro implica tomar la iniciativa; no debemos esperar a que quien necesita apoyo llegue hasta nosotros. Hay hermanos que viven la soledad, la pobreza o la exclusión en lugares a los que rara vez dirigimos nuestra mirada. Llegar hasta donde están hace una gran diferencia: es decirles, con nuestra presencia, no estás solo; tu vida importa. Es escuchar sin juzgar, llamar a alguien por su nombre, compartir tiempo y reconocer que cada persona tiene una historia, dones y algo valioso que ofrecer.
El encuentro con las personas sin hogar en las noches transforma vidas; transforma, en primer lugar, nuestra propia vida. En el corazón permanecen grabados esos momentos: una conversación sincera, una mirada, una sonrisa, un abrazo, la confianza que nace cuando alguien finalmente se siente visto y escuchado. Muchas veces pensamos únicamente en lo que vamos a dar y regresamos a casa agradecidos, porque es más lo que recibimos que lo que ofrecemos.
Cuando salimos y llegamos hasta donde está nuestro hermano, descubrimos allí el rostro de Cristo. No se trata de llevar a Dios a un lugar donde esté ausente, sino de aprender a reconocer que Él ya nos espera en la vida de cada persona con la que nos cruzamos. Como los discípulos de Emaús, a veces necesitamos recorrer el camino y abrir el corazón para reconocer su presencia (Lucas 24:13-35).
El apóstol Pedro nos recuerda que cada uno debe poner al servicio de los demás el don que ha recibido (1 Pedro 4:10). Todos podemos ser misioneros desde nuestra propia realidad: ofreciendo tiempo, escucha, compañía y gestos concretos de amor al prójimo. El servicio transforma a quien recibe ayuda, pero también renueva a quien se atreve a acercarse.
Que este Mes de las Misiones no termine solamente en palabras o buenas intenciones. Preguntémonos: ¿a quién puedo encontrar en el camino? Tal vez Cristo nos esté esperando mucho más cerca de lo que imaginamos. Porque llegar a ellos hace una gran diferencia. ¡Ven y Verás!
