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El Visitante de Puerto Rico

Sobre la tragedia del Viernes Santo por el accidente aéreo de 1952

La noticia del hallazgo del naufragio del avión Clipper Endeavor de Pan Am —vuelo 526A— el 21 de julio de 2026 es algo impresionante y tiene que ver con la tradición católica de la Iglesia en Puerto Rico.

Sobre la tragedia del Viernes Santo por el accidente aéreo de 1952
Enrique I. López LópezPor Enrique I. López López4 de agosto de 2026 · 3 min de lectura

La noticia del hallazgo del naufragio del avión Clipper Endeavor de Pan Am —vuelo 526A— el 21 de julio de 2026 es algo impresionante y tiene que ver con la tradición católica de la Iglesia en Puerto Rico. El acontecimiento hace 74 años se le conoció como la tragedia del Viernes Santo de 1952. En ese vuelo falleció mi bisabuela Julia Román Torres junto a dos de sus hijos y esa tragedia cambió el rumbo de la historia familiar.

Mi bisabuelo materno Enrique López Ruiz vendió su finca (curiosamente a mi familia paterna) y planificaba migrar a Nueva York en aquel año de dificultades económicas en el batey borincano. Para ello, envió a su esposa Julia con dos de los ocho hijos para comenzar los preparativos de movilización familiar desde tierras neoyorquinas. Uno de sus otros hijos, el joven Enrique López Román, se quedó. Lo incómodo era la fecha de aquel viaje, el 11 de abril de 1952, que coincidió con el Viernes Santo. Para muchos era un mal presagio porque para entonces no se podía ni martillar un clavo, lavar ropa o cualquier trabajo por respeto a la conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo.

Mientras el Viernes Santo de 1952 transcurría en calma y silencio, 64 almas —tres de mis familiares— mayormente puertorriqueños abordaban con sueños y anhelos de progreso al avión con destino al Aeropuerto Internacional John F. Kennedy sin saber que los motores los traicionarían rápidamente. Tras el despegue del Aeropuerto Internacional de Isla Verde y ascenso sonaron las alarmas en la nave que provocaron el angustioso descenso al agua. Acto seguido, continuó el violento amerizaje del fuselaje lastimado a aproximadamente a 10 millas náuticas de la costa boricua. En solo 3 minutos el avión junto a 52 pasajeros fue reclamados por el agua. Solo los dos pilotos, los tres tripulantes y siete pasajeros pudieron salir y fueron rescatados.

La noticia corrió como pólvora. Al momento, en todos los pueblos de Puerto Rico se celebraban los oficios de Viernes Santo. Este año fue distinto. La contrición y conmemoración de la triste muerte de Jesús fue acompañada por los gritos desesperantes, sufrimientos y sollozos para nada simbólicos de los familiares, vecinos, amigos y fieles que se enteraban de la muerte de sus seres queridos. Esto se repitió en muchos pueblos y marcó la vivencia de la fe de la Semana Santa posterior al 1952. De ahí viene la creencia de que es mejor no viajar el Viernes Santo. Claro, por aquella tragedia aérea que reclamó la vida de aquellos que transgredieron el precepto no escrito.

Título este escrito tragedia vital porque si mi bisabuela no hubiese muerto aquel desgarrador día, la vida de mi abuelo materno hubiese sido completamente distinta borrando o cambiando totalmente la vida de los que vinieron después incluyéndome. Por eso, aunque no encontremos explicación momentánea a una horrible tragedia, mi existencia es prueba de que la esperanza (no la humana sino la divina) no defrauda y que un acontecimiento fatal tiene la capacidad de abrir nuevos capítulos de vida, aunque al momento nada tenga sentido. Al parecer, la vida es una misión terrenal que solo se va revelando con el tiempo incluso 74 años después de la propia muerte. Hoy, ese naufragio perdido y hallado, tumba de mi bisabuela, para mí significa una tragedia vital.

Y me corresponde especialmente orar por el eterno descanso de mis familiares. Concédele Señor el descanso eterno a los 52 fallecidos en la tragedia aérea del 1952 y que brille para ellos la luz perpetua. Que descansen en paz. Amén.

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