Ser pastor según el corazón de Cristo
Toa Alta – La Iglesia en Puerto Rico vivió una jornada de profunda alegría con la ordenación sacerdotal del P. Javier Rosa, S.T., de los Misioneros Siervos de la Santísima Trinidad, quien recibió el sacramento del Orden por la imposición…

Toa Alta – La Iglesia en Puerto Rico vivió una jornada de profunda alegría con la ordenación sacerdotal del P. Javier Rosa, S.T., de los Misioneros Siervos de la Santísima Trinidad, quien recibió el sacramento del Orden por la imposición de manos y la oración consecratoria del Arzobispo de San Juan, Mons. Roberto Octavio González Nieves, OFM. La solemne Eucaristía, celebrada en la parroquia San Esteban Protomártir, contó también con la presencia del Obispo Auxiliar de San Juan, Mons. Tomás G. González, además de numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas, familiares y fieles que se congregaron para dar gracias a Dios por una nueva vocación al servicio de la Iglesia.
Inspirándose en el Salmo 23 —“El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”— el Arzobispo presentó la ordenación como el inicio de una misión profundamente configurada con Cristo, el Buen Pastor. Recordó que el nuevo presbítero está llamado a ser pastor de hombres y mujeres, niños, jóvenes y adultos, especialmente en un mundo marcado por el sufrimiento, donde la presencia misericordiosa de Cristo continúa haciéndose visible a través del ministerio sacerdotal.
Durante su homilía, Mons. Roberto explicó que el sacerdocio no puede entenderse como una colección de funciones o responsabilidades administrativas, sino como un estilo de vida. “Ser pastor no consiste en una serie de tareas, sino en asumir un estilo de vida”, afirmó, recordando que el verdadero pastor comparte la vida con su pueblo y está dispuesto a entregarla por sus ovejas, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.
En ese contexto, dirigió un mensaje particularmente cercano al nuevo sacerdote, exhortándolo a vivir con sencillez, transparencia y profunda vida de oración. Señaló que el sacerdote está llamado a ser “otro Cristo”, un testigo de misericordia cuya credibilidad nace del ejemplo de vida y de un corazón completamente entregado al Señor. Añadió que la autenticidad del ministerio se fortalece cuando el sacerdote evita buscar protagonismo y, por el contrario, conduce a las personas hacia Cristo.
El Arzobispo destacó además que el ministerio sacerdotal exige cercanía con el pueblo de Dios. Invitó al P. Javier a salir al encuentro de las personas, especialmente de los jóvenes, los pobres y quienes viven situaciones de abandono. “El verdadero óleo interior del pastor es el óleo de la cercanía y de la ternura”, expresó, advirtiendo que un sacerdote puede convertirse en un simple funcionario si pierde esa capacidad de acompañar y servir con compasión.
Refiriéndose a las responsabilidades propias del ministerio presbiteral, recordó que el sacerdote deberá anunciar con fidelidad la Palabra de Dios, celebrar diariamente la Eucaristía como centro de su vida, administrar los sacramentos y convertirse en hombre de oración. De manera especial, subrayó que el confesionario debe ser siempre un lugar donde prevalezca la misericordia de Dios, “para perdonar, no para condenar”, e invitó al nuevo presbítero a ser instrumento de la doctrina social de la Iglesia y del servicio solidario hacia los más necesitados.
Finalmente, exhortó al nuevo sacerdote a permanecer fiel al carisma de los Misioneros Siervos de la Santísima Trinidad, centrado en el amor comprometido con Dios, el servicio a los pobres y marginados, y la formación de comunidades misioneras. Antes de concluir, tuvo un emotivo gesto al reconocer la presencia de la madre del ordenando, doña María Socorro, de su padrastro, don Benjamín, y al recordar a su padre fallecido, precisamente en el aniversario número 37 de su partida, encomendándolo a la misericordia de Dios.
Al concluir la celebración, el recién ordenado sacerdote dirigió unas palabras de agradecimiento. Visiblemente emocionado, reconoció a los obispos presentes, a sus hermanos trinitarios, sacerdotes, formadores y a toda la comunidad parroquial de San Esteban Protomártir, destacando que cada persona había dejado una huella en su camino vocacional y le había enseñado a vivir el carisma de servir especialmente a los pobres y abandonados.
También expresó su gratitud a la parroquia Santísimo Sacramento, donde descubrió y cultivó su vocación, y a todos aquellos que, aun sin saberlo, contribuyeron a su formación espiritual. En uno de los momentos más emotivos, agradeció a su familia, especialmente a su madre, a quien describió como su roca, su apoyo y compañera en los momentos difíciles. Recordó igualmente a su padre fallecido, afirmando que aquel día, que durante años había sido motivo de tristeza, se transformaba ahora en un día de inmensa alegría porque estaba convencido de que desde el cielo acompañaba su ordenación.
Dirigiéndose también en inglés a la comunidad de St. James, donde desarrolló parte de su ministerio pastoral, agradeció el acompañamiento recibido y afirmó que aquella ordenación era también fruto del camino recorrido junto a ellos. Concluyó reiterando que su sacerdocio no pertenece únicamente a él, sino a toda la Iglesia que lo acompañó, formó y sostuvo durante su proceso vocacional.
