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El Visitante de Puerto Rico

La Transfiguración

El Evangelio de la Transfiguración nos conduce a la montaña alta. Jesucristo toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y ante sus ojos se transfigura: su rostro brilla como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz.

La Transfiguración
Rubén GonzálezPor Rubén González1 de marzo de 2026 · 2 min de lectura

El Evangelio de la Transfiguración nos conduce a la montaña alta. Jesucristo toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y ante sus ojos se transfigura: su rostro brilla como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. La gloria que habitualmente permanece velada en su humanidad se manifiesta por un instante.

La montaña es el espacio del silencio, de la revelación, del encuentro con Dios. Allí el Señor permite a sus discípulos contemplar quién es realmente. Antes de la cruz, les regala una experiencia de luz. Así también en nuestra vida: Dios no nos deja caminar solo entre sombras; nos concede momentos de claridad para sostener nuestra fe.

La Transfiguración ocurre en el camino hacia Jerusalén. Es un anticipo de la Pascua. La gloria no elimina la cruz; la ilumina. El mismo Jesús que brilla en el Tabor será el que sufra en el Calvario. La voz del Padre confirma: “Este es mi Hijo amado.” Incluso cuando la cruz oscurezca el horizonte, la identidad del Hijo permanece intacta.

Nuestra vida cristiana también está marcada por esta dinámica: momentos de consuelo y momentos de prueba. La luz del Tabor nos sostiene para atravesar los valles.

La nube los cubre y se oye la voz del Padre. No dice: “Admírenlo” ni “Constrúyanle tiendas”, como propone Pedro. Dice: “Escúchenlo.” La experiencia espiritual auténtica no se queda en el entusiasmo pasajero; conduce a la obediencia y al seguimiento. Escuchar a Cristo significa: Acoger su Palabra. Configurar la vida con su Evangelio. Dejar que su luz transforme nuestras decisiones.

Cuando los discípulos caen rostro en tierra, Jesús se acerca, los toca y dice: “Levántense, no teman.” La gloria de Dios no aplasta; levanta. No humilla; fortalece. Cristo nos toca en nuestras fragilidades y nos invita a caminar con esperanza. Que la contemplación del Señor transfigurado encienda nuestro corazón y nos fortalezca en la misión.

Oremos:
Señor Jesús, que en el monte santo revelaste tu gloria y fortaleciste la fe de tus discípulos, transfigura también nuestro corazón. Ilumina nuestras sombras, renueva nuestra esperanza
y enséñanos a escucharte siempre. Que, sostenidos por tu luz, caminemos contigo hasta la cruz
para participar un día de tu gloria. Amén.

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