La santidad del altar
El título de este artículo parece ser algo evidente. Todos sabemos que los altares son algo sagrado y merecen nuestra reverencia.

El título de este artículo parece ser algo evidente. Todos sabemos que los altares son algo sagrado y merecen nuestra reverencia. Sin embargo, en la práctica, a veces hacemos cosas que expresan lo contrario a esa afirmación y le restan al honor que le es debido. Por ello, deseo compartir algunas consideraciones que pueden ayudarnos a redescubrir o concienciarnos sobre el profundo sentido teológico del altar y manifestar la veneración que merece. Evitaré extender mucho la exposición para que no sea complicada.
El sentido teológico del altar
Desde los primeros años del cristianismo el altar ocupó un lugar especial en el culto y la arquitectura litúrgicos.
Cuando se separó la Eucaristía del ágape que la acompañaba, se comenzó a usar una mesa especial (“mensa dominica” (mesa del Señor) cf. 1 Cor 10,21). Así que, aunque era una mesa móvil, no era cualquier mesa. ¹ A partir del s. IV se comenzarán a hacer altares de piedra u otros materiales más sólidos, coexistiendo con los de madera, y se fijan al suelo. Este cambio se dio a partir de la libertad constantiniana, el desarrollo de la arquitectura basilical y la concepción del altar como signo de Cristo, la piedra angular (cf. 1 Cor 10,4) y altar místico de su propio sacrificio².
Los Padres de la Iglesia comprendieron claramente esta realidad. San Ignacio de Antioquía llamó al altar el lugar de la unidad y del sacrificio espiritual de la comunidad, mientras que san Agustín enseñó que tanto el templo como el altar simbolizaban a Cristo.
El sentido teológico del altar se consolidó a lo largo de los siglos, por eso la Instrucción Eucharisticum Mysterium (n. 24), publicada poco después del Concilio Vaticano II (25/mayo/67), afirma que el altar es signo de Cristo y el lugar en el que se realizan los misterios de la salvación.
Por su parte, la oración para la dedicación de una iglesia y un altar según el ritual de 1977 dice³:
« Te suplicamos, Padre santo, que te dignes impregnar con santificación celestial esta iglesia y este altar, para que sean siempre lugar santo y una mesa siempre dispuesta para el sacrificio de Cristo.». ⁴
En la misma línea, el Catecismo de la Iglesia Católica (n.1182) enseña que:
«Sobre el altar, que es el centro de la iglesia, se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales. El altar es también la mesa del Señor, a la que el Pueblo de Dios es invitado.».
La tradición de las Iglesias orientales refleja esa común comprensión de la dignidad del altar tanto en Oriente como en Occidente pues estos hermanos nuestros ven el altar como:
- el trono de Dios;
- la mesa de la Última Cena;
- el lugar donde Cristo murió y resucitó;
- la morada de la santidad y de las reliquias de los santos;
- un signo de la Encarnación;
- una manifestación anticipada del Reino de Dios;
- el corazón de la vida litúrgica y eclesial;
- el lugar donde se encuentran el cielo y la tierra en la celebración de la Eucaristía.
Todas estas expresiones nos recuerdan una verdad fundamental: el altar no es simplemente un mueble litúrgico, sino un signo visible de Cristo mismo y el centro de la celebración del sacrificio eucarístico. Por ello, la veneración que le manifestamos exteriormente se convierte en una expresión de lo que el Pueblo de Dios ve en el altar.
