La Cuaresma
El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús conducido por el Espíritu al desierto. No va por debilidad ni por castigo, sino para afirmar su fidelidad al Padre antes de iniciar la misión.

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús conducido por el Espíritu al desierto. No va por debilidad ni por castigo, sino para afirmar su fidelidad al Padre antes de iniciar la misión. La Cuaresma comienza así: como un tiempo en que el Espíritu también nos lleva al desierto del corazón para purificarnos y fortalecer
La primera tentación es clara: “Di que estas piedras se conviertan en pan.” Es la tentación de buscar soluciones fáciles, de reducir la fe a lo inmediato. Jesús responde: “No solo de pan vive el hombre”.
La Cuaresma nos recuerda que un corazón encendido no vive solo de resultados, sino de la Palabra de Dios que sostiene y orienta la vida.
La segunda tentación invita a usar a Dios para garantizar el éxito: “Arrójate…” Jesús responde: “No tentarás al Señor tu Dios”.
Aquí aprendemos que la misión no se sostiene en el espectáculo ni e búsqueda de seguridad, sino en la confianza humilde. Solo un corazón encendido sabe servir sin ponerse en el centro.
La tercera tentación es la más peligrosa: el poder, el dominio, el prestigio. “Todo esto te daré si me adoras.” Jesús responde con firmeza: “Al Señor tu Dios adorarás”.
Cuando el corazón no está centrado en Dios, la misión se debilita. La adoración purifica el corazón y libera la misión.
Al final, el Evangelio nos dice que el diablo se retira y los ángeles sirven a Jesús. El desierto no destruye; el desierto fortalece al que permanece fiel.
Esta Cuaresma no se nos pide simplemente hacer más cosas, sino dejar que Dios encienda de nuevo nuestro corazón, para que nuestra vida cristiana y nuestra misión broten de una fe más auténtica.
Pidamos hoy al Buen Dios: enciende nuestro corazón, Señor, y fortalécenos en la misión.
