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El Visitante de Puerto Rico

Ignacio y sus hermanos

Iñigo López —nacido en Loyola, España, el octubre de 1491— fue el hijo menor de una noble familia de 13 hermanos. Fue soldado cuando los franceses atacaron el Castillo de Pamplona y en su defensa fue herido.

Ignacio y sus hermanos
Luis Enrique RamosPor Luis Enrique Ramos31 de julio de 2026 · 3 min de lectura

Iñigo López —nacido en Loyola, España, el octubre de 1491— fue el hijo menor de una noble familia de 13 hermanos. Fue soldado cuando los franceses atacaron el Castillo de Pamplona y en su defensa fue herido. Aquella herida cambió su vida porque al convalecer leyó los libros Vita Christi y Flos sanctorum. Con 32 años y al recuperarse se fue al seminario para ser sacerdote. Sale de Loyola a Barcelona y luego a Roma en 1522. En el trayecto se detiene casi un año en Manresa donde tuvo tres momentos espirituales importantes: la calma interior, las luchas interiores y la ilustración divina. En ese lugar realiza los Ejercicios Espirituales cuyo objeto era ordenarse en el amor. Luego, peregrina a Tierra Santa.

Decidió vivir de forma radical en la caridad concreta y darse a la tarea de buscar compañeros para evangelizar. Se inspiró en el caminar del Señor Jesucristo. En 1540, el Papa Paulo III aprueba la Compañía de Jesús, popularmente conocida como “los jesuitas”. En 1541 redacta las Constituciones y ese mismo año lo eligen primer General de la Orden. A la edad de 65 años, muere Ignacio de Loyola el 31 de julio de 1556. El Papa Paulo V lo beatifica en 1609 y posteriormente es canonizado por el Papa Gregorio XV en 1622. Es declarado patrono de los ejercicios espirituales por el Papa Pío XI en 1922. Los ejercicios espirituales, según San Ignacio, son para “vencer a sí mismo y ordenar su vida, sin determinarse por afección alguna que desordenada sea”.

Los jesuitas se encuentran en todos los continentes y son la orden masculina más numerosa del mundo con aproximadamente 16 mil integrantes. Al mencionar a los jesuitas, resaltan sus mártires, misioneros que entregaron sus vidas por la evangelización en países como Canadá, El Salvador, Paraguay, Brasil y Japón. Su ejemplo, entrega y testimonio queda para la posteridad. Tal vez, el jesuita más conocido ha sido el Papa Francisco (1936–2025), que se formó y laboró en la compañía como superior en su natal Argentina en años sumamente tempestuosos.

Aquí en el batey boricua, los jesuitas han aportado grandes talentos al servicio de la Iglesia. La lista es extensa, solo nos limitamos a unos pocos. Hay que hacerle justicia histórica a Mons. Antulio Parrilla Bonilla (1919–1994), Obispo Auxiliar de la Diócesis de Caguas, uno de los pioneros de luchas sociales en Puerto Rico y uno de los padres del cooperativismo puertorriqueño. Fue un fiel columnista de El Visitante de Puerto Rico desde 1975 hasta que falleció.

Otro jesuita de indiscutible valía es Mons. Álvaro Corrada del Río, Obispo Emérito de Mayagüez y quien laboró en otras cuatro diócesis en su ministerio episcopal en Estados Unidos y Puerto Rico. Mons. Corrada ha sido un gran defensor de este semanario.

Padre Jorge Ferrer Negrón (1951–2024), teólogo puertorriqueño, formó parte de la integrante de la Comisión Teológica Internacional y se destacó como director de la Escuela de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, de la que fue su gestor. Fue columnista y colaborador de este medio desde el 1975 hasta su muerte con publicaciones en todas las etapas del semanario católico. También, podemos mencionar Fernando Picó, sacerdote jesuita, historiador destacado, escritor y académico (1941–2017).

Otro que se ha gastado y se gasta al servicio de la pastoral matrimonial por 50 años y contando es el Padre Jorge Ambert Rivera, columnista fiel de este semanario por décadas como sus hermanos. Para disfrutar de sus intrépidas líneas, los invito a ir a la página 8 cuando acaben de leer.

Durante la fiesta de San Ignacio —31 de julio de 2026— pidamos a Dios que nos conceda calma interior, sabiduría, fuerza para luchar y ordenar nuestro amor y que nos ilustres su providente designio para responder con fidelidad y virtudes a la misión que Él encomienda en este hermoso y bendecido día.

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