Fuente de la Catequesis – Palabra de Dios (tercera parte)
La Palabra de Dios padre se expresa en la persona de su hijo Jesucristo, él es la plena revelación del Padre. De hecho, conocerle a Él es conocer al Padre.

La Palabra de Dios padre se expresa en la persona de su hijo Jesucristo, él es la plena revelación del Padre. De hecho, conocerle a Él es conocer al Padre. Y sólo Él lo revela, así se expresa al final del prólogo del evangelio de Juan: “Nadie ha visto al Padre, sino el hijo y aquel a quien el hijo se lo quiera revelar” (1,18). Jesús es la palabra pronunciada por Dios padre y es su palabra definitiva como nos dice la Carta a los Hebreos (cf1,1). En Jesús, Palabra de Dios, se nos revela el mismo padre. Escuchar la palabra y ponerla en práctica es hacer la voluntad del padre.
Como muestra de modo claro el Prólogo del Evangelio de san Juan, la palabra, indica originariamente el verbo eterno, es decir, el hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial a él: la palabra estaba junto a Dios, la Palabra era Dios. Pero, esta misma palabra, afirma san Juan, se «hizo carne» (Jn1,14); por tanto, Jesucristo, nacido de María Virgen, es realmente el verbo de Dios que se hizo semejante a nosotros. Así pues, la expresión «Palabra de Dios» se refiere aquí a la persona de Jesucristo, hijo eterno del Padre, hecho hombre (cf VD 7).
El Evangelio, la Buena Noticia, es la persona misma de Jesús. Y los evangelios son las redacciones hechas por Marcos, Mateo, Lucas y Juan que nos hablan de la vida y el obrar de Jesús, el Ungido del Padre. En el documento Dei Verbum nos dice que “los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, instruidos por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad” (cf 19). Por eso reconocemos “que la Palabra del Señor permanece para siempre. Y esa palabra es el Evangelio que les anunciamos” (1 P 1,25: cf. Is 40,8).
María es la que escucha atenta y hace lo que la Palabra pide. Ella llevó en su seno el fruto bendito y supo acoger el proyecto de Dios. Es la que conserva en el corazón, la que camina presurosa a la casa de Isabel y hace saltar de gozo otro vientre en donde se encuentra el precursor de esta misma palabra que se ha hecho carne. María es la dichosa que ha creído y que nos abre el horizonte de la fe para que también, nosotros nos atrevamos a creer y mantener la esperanza, perseveremos en la escucha y en la realización del Reino. Reino que se expresa en la persona misma de Jesús, palabra del Padre. Como María, primera catequista, dejemos que la Palabra sea la fuente primaria que alimente nuestra vocación y misión en la Iglesia.
La catequesis extrae su mensaje de la Palabra de Dios, que es su fuente principal. Por eso, «es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe» (Directorio para la Catequesis #91, EG #175). Así tenemos que la primera fuente de la catequesis es la Palabra. Junto a esta se encuentra también, la tradición y el Magisterio Eclesial, estas a su vez son el trípode y fundamento de la Iglesia.
En el próximo artículo conoceremos sobre la segunda Fuente de la Catequesis que es
la tradición de la Iglesia.
