Saltar al contenido
El Visitante de Puerto Rico

El rosario: la fe que el jíbaro llevó consigo

Cada 7 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de Nuestra Señora del Rosario, una advocación que nos conduce a una de las devociones marianas más arraigadas en la vida del pueblo cristiano.

El rosario: la fe que el jíbaro llevó consigo
Redacción EVPor Redacción EV7 de octubre de 2026 · 3 min de lectura

Cada 7 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de Nuestra Señora del Rosario, una advocación que nos conduce a una de las devociones marianas más arraigadas en la vida del pueblo cristiano. Octubre, de hecho, ha quedado tradicionalmente dedicado al Santo Rosario, esa oración sencilla que, cuenta tras cuenta, nos invita a contemplar junto a María los misterios de la vida de Jesucristo.

La celebración está históricamente vinculada a la batalla de Lepanto, ocurrida el 7 de octubre de 1571. Ante aquel momento decisivo, el papa san Pío V pidió a los fieles rezar el Rosario, implorando la intercesión de la Virgen. Tras la victoria de la Santa Liga, se estableció una celebración de acción de gracias que, con el tiempo, sería conocida como la fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

Pero reducir el Rosario a un acontecimiento histórico sería perder su verdadera riqueza. El Rosario es, ante todo, una escuela de contemplación de Cristo de la mano de María. Mientras los labios repiten el Avemaría, el corazón recorre el Evangelio: Belén, Nazaret, los caminos de Galilea, el Calvario y la alegría de la Resurrección. Como recordaba San Juan Pablo II, al rezarlo vamos meditando los misterios de la salvación mientras contemplamos la fe de María.

Esa oración encontró tierra fértil en Puerto Rico.

Aquí el Rosario no permaneció únicamente dentro de los templos. Entró en nuestros hogares, acompañó los velorios, reunió familias y recorrió nuestros campos. Pasó de generación en generación entre abuelos, padres e hijos. Sus cuentas estuvieron entre las manos del trabajador, de la madre que pedía por sus hijos y del campesino que comenzaba o terminaba su jornada encomendándose a Dios.

San Juan Pablo II reconoció hermosamente esta realidad durante su histórica visita a Puerto Rico el 12 de octubre de 1984. Al hablar de la profunda devoción mariana de nuestro pueblo afirmó: “el jíbaro bueno de esta tierra llevaba, y lleva aún, colgado de su cuello el rosario de la Virgen María. Era la identificación de su fe”.

¡Qué imagen tan profundamente puertorriqueña!

El jíbaro llevaba consigo pocas cosas, pero entre ellas podía estar su Rosario. Aquellas cuentas sencillas hablaban silenciosamente de una certeza: María caminaba con él y lo conducía hacia Cristo.

Quizás hoy nuestros caminos son otros. Ya no todos recorremos las veredas del campo ni vivimos aquella cotidianidad de nuestros antepasados. Sin embargo, permanecen las mismas preocupaciones, dolores, esperanzas y necesidad de Dios.

Por eso, la devoción a Nuestra Señora del Rosario conserva toda su actualidad. Tomar nuevamente el Rosario entre las manos puede ser también recuperar una parte hermosa de nuestra herencia espiritual.

Que aquellas cuentas que acompañaron al jíbaro puertorriqueño continúen pasando por las manos de nuestros hijos y nietos. Porque más que una tradición del pasado, el Rosario sigue siendo un camino de fe que, de la mano de María, nos lleva siempre hasta Jesús.

Newsletter

Recibe una lectura serena de la semana

Noticias, editoriales y formación católica seleccionadas por la redacción, directo a tu correo.

Donativos

Apoya la misión de la prensa católica en Puerto Rico

Tu aportación sostiene cobertura responsable, formación editorial, presencia en las diócesis y herramientas digitales para servir mejor al país.