Edición 37 (2026): Construir la civilización del amor
La edición 37 de El Visitante de Puerto Rico, correspondiente al 13 al 19 de septiembre de 2026, nos propone una pregunta que atraviesa buena parte de los desafíos de nuestro tiempo: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo?

La edición 37 de El Visitante de Puerto Rico, correspondiente al 13 al 19 de septiembre de 2026, nos propone una pregunta que atraviesa buena parte de los desafíos de nuestro tiempo: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo? La portada coloca en el centro la invitación a edificar una verdadera civilización del amor, precisamente cuando la tecnología, la inteligencia artificial, las tensiones sociales y las necesidades concretas de nuestro pueblo reclaman algo más que respuestas eficientes: reclaman humanidad.
La reflexión del P. Samuel Velásquez Serrano parte de una imagen bíblica poderosa: Babel. Una obra que parecía grandiosa, pero que terminó convirtiéndose en símbolo de orgullo, confusión y dispersión. Esa imagen adquiere una nueva actualidad frente al desarrollo de la inteligencia artificial. Los datos, los algoritmos y la capacidad tecnológica pueden convertirse en extraordinarias herramientas al servicio del ser humano, pero también pueden construir nuevas formas de poder y deshumanización cuando se desligan de la justicia, la fraternidad y el bien común.
Frente a esa posible «Babel digital», la Iglesia propone otro camino: la civilización del amor. No se trata de una expresión romántica ni de una idea abstracta. Significa ordenar la vida social desde la caridad, la justicia, la fraternidad y el reconocimiento de la dignidad de cada persona. Es mirar al otro no como adversario, competidor o dato estadístico, sino como hermano y colaborador necesario en la construcción de una sociedad verdaderamente humana.
Esta propuesta posee profundas raíces en el magisterio de la Iglesia. San Pablo VI habló de la civilización del amor en un mundo marcado por la Guerra Fría, la carrera armamentista y la pobreza; san Juan Pablo II destacó a la familia como uno de sus espacios fundamentales; Benedicto XVI recordó que la lógica de la caridad debe penetrar la economía, la política y las instituciones; y Francisco insistió en la fraternidad y la amistad social. Hoy, León XIV sitúa nuevamente esa intuición frente a los desafíos de la era digital.
Sin embargo, una civilización del amor no se construye únicamente mediante grandes discursos. La imagen de Nehemías que aparece en esta edición resulta iluminadora: cada familia reconstruyó una parte de la muralla de Jerusalén. Cada uno aportó su ladrillo. Así también, el bien común se levanta mediante pequeñas fidelidades cotidianas: en el hogar, la escuela, la parroquia, la política, las empresas, los medios de comunicación y también en los espacios digitales.
Esa lógica del servicio se hace visible también en otro acontecimiento importante que vive nuestra Iglesia. La Arquidiócesis de San Juan se prepara para la toma de posesión canónica de Mons. Eusebio Ramos Morales como nuevo Arzobispo Metropolitano. Esta edición ayuda a comprender que una toma de posesión no significa apropiarse de una diócesis, sino recibir un pueblo para servirlo.
El ministerio episcopal y la civilización del amor encuentran aquí un punto de encuentro. El pastor no llega para comenzar una historia desde cero. Se incorpora a una comunidad que ya posee memoria, personas, heridas, esperanzas y caminos recorridos. Su misión consiste en confirmar en la fe, acompañar, enseñar, santificar y ayudar al pueblo a seguir caminando hacia Cristo.
La edición nos recuerda además que Puerto Rico vive dos acontecimientos episcopales distintos pero complementarios: la reciente ordenación de Mons. Geraldo Ramírez Torres en Ponce y la próxima toma de posesión de Mons. Eusebio en San Juan. Uno comienza su ministerio episcopal; el otro continúa el suyo desde una nueva encomienda. Ambos acontecimientos convergen en una misma misión: anunciar a Jesucristo, servir al Pueblo de Dios y llevar la esperanza del Evangelio a cada rincón de Puerto Rico.
Pero la fe no puede permanecer solamente en celebraciones eclesiales. En Isla Verde, cerca de un centenar de personas participaron en una Rogativa por el Don del Agua ante las interrupciones que han afectado a numerosas familias. La comunidad no solo pidió lluvia; oró también para que quienes tienen responsabilidades públicas reciban sabiduría y voluntad para atender la situación.
Aquella procesión convirtió las calles en un espacio de oración, solidaridad y esperanza. La ligera llovizna que sorprendió a los participantes fue acogida con emoción por una comunidad que había salido precisamente a pedir por el agua. Esa experiencia nos recuerda que la fe cristiana no nos aparta de los problemas concretos del pueblo. Por el contrario, nos invita a ponerlos delante de Dios mientras asumimos responsablemente aquello que nos corresponde hacer.
También san Francisco de Asís aparece en estas páginas como un testigo privilegiado de lo que significa dejarse transformar por el amor. Al recordar la impresión de los estigmas en el monte Alvernia, la mirada no se detiene únicamente en las llagas visibles, sino en el proceso interior que llevó a Francisco a configurarse cada vez más con Cristo. Antes de llevar las marcas de la Pasión en su cuerpo, ya las llevaba profundamente grabadas en su corazón.
Francisco nos deja una pregunta especialmente pertinente para nuestro tiempo: ¿se parece nuestra vida cada vez más a Cristo? No todos llevaremos estigmas, pero todo cristiano está llamado a llevar las marcas del Evangelio: manos marcadas por el servicio, pies dispuestos a salir al encuentro, labios capaces de reconciliar y un corazón abierto a la compasión.
Quizás ahí se encuentre la síntesis de esta edición. La civilización del amor no se construye solamente preguntándonos qué puede hacer la tecnología, qué decisiones tomarán nuestros gobernantes o qué proyectos desarrollará la Iglesia. Se construye cuando cada persona pregunta: ¿qué ladrillo me corresponde colocar?
Será el ladrillo de la reconciliación, del servicio, del cuidado de nuestra casa común, de una comunicación más humana, del acompañamiento a quien sufre o de una fe capaz de salir del templo y hacerse presencia en medio de la sociedad.
En una época que puede caer fácilmente en nuevas formas de Babel, el Evangelio continúa proponiendo el mismo camino: encontrarnos, servirnos y reconocernos como hermanos.
Porque la civilización del amor no comienza mañana. Comienza cada vez que uno de nosotros decide amar hoy.
