Edición 30 (2026): El amor que llama, sostiene y se convierte en servicio
La edición 30 de El Visitante de Puerto Rico nos invita a contemplar la vocación cristiana desde su fundamento más profundo: el amor.

La edición 30 de El Visitante de Puerto Rico nos invita a contemplar la vocación cristiana desde su fundamento más profundo: el amor. El amor de Dios que llama, el amor que se cultiva mediante la oración y el amor que se hace visible cuando una persona decide poner su vida al servicio de los demás.
La portada recoge la ordenación presbiteral del P. Christian Martín Rosado Rivera, SFM, celebrada en la Catedral Nuestra Señora de la Candelaria de Mayagüez. La alegría de recibir un nuevo sacerdote no se limita a la historia personal de quien responde al llamado. Es también un signo de esperanza para toda la Iglesia, porque confirma que Dios continúa llamando, confiando en su pueblo y enviando nuevos servidores para anunciar el Evangelio.
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Durante la celebración, Mons. Ángel Luis Ríos Matos presentó una enseñanza que trasciende el momento de la ordenación: el sacerdote no se mide por sus cargos, sus proyectos o sus reconocimientos, sino por el amor con el que sirve. Cristo no preguntó a Pedro por sus capacidades administrativas ni por sus logros; le preguntó: «¿Me amas?». Solamente quien ama puede apacentar al pueblo que Dios le confía.
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Esta enseñanza no está dirigida únicamente a los sacerdotes. Cada bautizado está llamado a examinar la calidad del amor con el que vive su propia vocación. Un matrimonio, una familia, un educador, un catequista, un profesional o un voluntario también pueden cumplir muchas responsabilidades y, sin embargo, olvidar a las personas. El Evangelio nos recuerda que la verdadera fecundidad no depende únicamente de cuánto hacemos, sino de la manera en que amamos mientras lo hacemos.
La cercanía con los enfermos, los pobres, los ancianos y quienes atraviesan momentos de sufrimiento constituye una medida concreta de ese amor. El pueblo difícilmente recuerda todos los proyectos de un sacerdote, pero nunca olvida a quien estuvo disponible para escuchar, confesar, visitar a un enfermo, llorar con el que lloraba o alegrarse con quien celebraba. El ministerio se vuelve creíble cuando permite reconocer la cercanía de Jesús en la vida cotidiana.
Por eso, Mons. Ángel Luis exhortó al nuevo sacerdote a cultivar la sencillez, la humildad, la Eucaristía, la Reconciliación y una intensa vida de oración. También le pidió que su pueblo encontrara siempre en él a un padre, un hermano y un amigo. El verdadero protagonista del sacerdocio, recordó, no es el ministro ordenado, sino Cristo, que continúa sirviendo y caminando con su pueblo mediante la vida entregada de sus sacerdotes.
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Ese servicio no surge de la improvisación. Nace de una relación constante con Dios. Por eso otro de los temas de esta edición proclama una verdad sencilla y exigente: «El que reza se salva». La oración no es una práctica reservada para quienes tienen tiempo de sobra ni un recurso que se utiliza únicamente durante las dificultades. Es el espacio donde aprendemos a escuchar, discernir, descansar en el Señor y renovar las fuerzas para continuar sirviendo.
También la reflexión sobre Jesús como amor infinito nos recuerda que la confianza cristiana no depende de que desaparezcan todas las pruebas. En los momentos de debilidad, inseguridad o temor, la misericordia de Cristo permanece como una promesa que no caduca. Su amor sostiene, perdona y permite comenzar de nuevo.
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Esta misma dinámica aparece en la reseña del documental Leo from Chicago. Al acercarnos a las raíces humanas y espirituales del papa León XIV, descubrimos que las grandes vocaciones suelen comenzar silenciosamente en la familia, la parroquia y la comunidad. El documental muestra que su camino no fue el resultado de un proyecto previamente calculado, sino de una fidelidad cotidiana a lo que Dios iba proponiendo.
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La vocación del nuevo sacerdote y la historia del Santo Padre nos ofrecen una enseñanza común: Dios no llama a personas desconectadas de su historia. Toma lo vivido, los talentos, las heridas, la formación recibida y las experiencias cotidianas, y las transforma en instrumentos para el Evangelio. En el caso del P. Christian, su experiencia como maestro de ciencias se convierte ahora en una nueva manera de enseñar: antes ayudaba a descubrir las leyes de la naturaleza; ahora anunciará la vida eterna.
Esta edición nos invita a renovar nuestra oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas, pero también a reconocer el llamado que cada uno ha recibido. La Iglesia necesita sacerdotes que amen y sirvan, pero también necesita familias que acompañen, comunidades que oren, jóvenes que escuchen y cristianos dispuestos a convertir su profesión y su vida diaria en una misión.
Al final, toda vocación cristiana se medirá con una pregunta semejante a la que Jesús dirigió a Pedro: ¿Me amas? Nuestra respuesta no se dará solamente con palabras, sino con la forma en que cuidamos, acompañamos, perdonamos y servimos a los demás.
