Denle a Dios lo que es de Dios
Isaías nos cita la bendición que Dios derrama sobre el rey de Persia, Ciro, un no judío, por liberar a Israel del dominio de Babilonia.

Isaías nos cita la bendición que Dios derrama sobre el rey de Persia, Ciro, un no judío, por liberar a Israel del dominio de Babilonia.
La segunda lectura nos introduce a la Primera Carta a los Tesalonicenses, la cual estaremos viendo en el transcurso de los siguientes domingos como segunda lectura.
San Mateo nos presenta el episodio de César y Dios, y cómo Jesucristo utiliza una cuestión política para hablarnos de lo que le debemos a Dios.
Hoy celebramos el DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES (DOMUND), celebración instituida por el papa PIO XI para crearnos conciencia de que tenemos una responsabilidad, tanto de propagar el Evangelio en nuestro entorno, como el de solidarizarnos con los misioneros que llevan el Evangelio a los lugares del mundo a través de nuestras oraciones y nuestra ayuda económica. La que nos imparte cátedra de ello es Santa Teresita del Niño Jesús y la Santa Faz, que a pesar de que era una monjita de claustro y nunca salió de su entorno, por su solidaridad con amigos misioneros a través de oraciones y cartas, se constituyó en patrona, junto con San Francisco Xavier, de las Misiones.
Intitulé este artículo “Denle a Dios lo que es de Dios”, porque sobre enfatizamos la parte de “Darle al César lo que es del César”, para muchas veces justificar el silencio de nuestras conciencias ante las cosas que pasan en nuestra sociedad y gobierno, subrayando que la Iglesia no se debe meter en política. Al hacerlo, queremos acallar nuestras conciencias en vez de discernir que Dios quiere de nosotros como pueblo, como nación. En lo que estamos claros es que la Iglesia no puede participar en política partidista ni decantarse ni decantarse por ninguna de las opciones políticas de estadidad, independencia o libre asociación, puesto que la Iglesia las reconoce por válidas (ya lo dijo Mons. Roberto González en Patria, Nación e Identidad: don indivisible del amor de Dios) y eso no es de la competencia de la Iglesia. Pero, si la Iglesia no se convierte en la conciencia del pueblo, en la voz profética como lo hicieron los profetas en su tiempo, ¿quién dará luz a nuestra sociedad?
Dado que Jesucristo estaba en Jerusalén y, por tanto, rodeado de soldados romanos en los puestos de vigilancia, tanto en el templo como en las calles, sus enemigos le tienden la trampa para hacer que Jesucristo condenara la dominación romana de Israel y así tomarlo preso al momento para condenarlo a muerte. Pero, Jesucristo mucho más sabio que eso, utilizó la situación para recordarnos que tenemos deberes, no sólo con el Estado, sino también con Dios, algo que muchas veces se nos olvida adrede.
En las sociedades modernas y democráticas (me vienen a la mente EE. UU. y España como puntos de referencia), se quiere desterrar a Dios del debate público, al punto de llegar a extremos antirreligiosos y ateos, cuando la sana laicidad nunca ha buscado eso. Hay un debate constante sobre hasta qué punto la Iglesia puede incidir en la sociedad. La hipocresía de la sociedad es que, en tiempos de elecciones, los políticos van a las iglesias a buscar votos.
Jesucristo lleva el debate a otra dimensión. Para Él, el ser cristiano es una persona que le pertenece íntegramente a Dios y por tanto, le pertenece en todas las dimensiones, incluidas la política y la social. El cristiano tiene que hacer presente a Jesucristo en todo momento y en todo lugar. Ha de ser “sal de la tierra y luz del mundo” y eso conlleva estar en contra de políticas y leyes, como el aborto, que aunque son legales, son inmorales porque van contra el plan de Dios. De la misma manera que Dios utilizó a Ciro para liberar a Israel, nos utiliza a nosotros para ser luz en la sociedad. Eso es darle a Dios lo que es de Dios.
